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La niña y el perro

Cuenta la leyenda que, hace algún tiempo, en algún lugar de Cadereyta, había un ejido donde, durante cada primavera, el ambiente se cubría de olor a azares debido a la flor de la naranja. Era un lugar muy bello y fresco, además de que estaba alejado de la expansión de la ciudad.

En este sitio paradisíaco se encontraba una nena jugando. Lo hacía con tranquilidad, pues estaba bajo la sombra de un inmenso árbol de gran tronco con una enorme copa. Era un ébano. De pronto, la niña se encontró un perro que se le acercaba poco a poco. Era café claro y tenía un ojito lastimado debido a una vieja pelea que tuvo con otro perro. La herida ya había sanado, sin embargo, el ojo estaba perdido, por lo que la jovencita decidió ponerle de nombre Pirata. Ellos jugaron toda la tarde y la chiquilla quedó encantada con él. La mamá, que siempre la mantuvo vigilada, vio que el pequeño can se había hecho buen amigo de la nena, así que decidieron quedárselo.

Lo primero que hicieron fue bañarlo para quitarle la mugre, garrapatas y demás porquerías que tendría por su vida callejera de paseos por todos lados.

El buen Pirata y la niña pasaban juntos cada día. Eran muy felices. Jugaban a traer la pelota, a corretear a las garzas que se paraban en el campo, se paseaban por las huertas de naranja…. y así fue hasta que, en el año de 1988, durante el huracán Gilberto, las aguas azotaron el ejido, inundando todo a su paso. La niña lamentablemente no sobrevivió, ya que se ahogó debido a la creciente del Río que derrumbó su casa. Los padres de la pequeña fueron los únicos sobrevivientes.

Pasó el tiempo en aquel lugar sólo quedaron los cimientos y el gigantesco árbol tirado hacia un lado por la tremenda corriente del huracán. Los padres, c9n mucha tristeza, trataron de volver a cultivar a sus naranjos, pero con tan poco ánimo, que no lo lograron. Además, también perdieron sus animales, así que decidieron vender sus tierras y recogieron lo poco que les quedó después de la inundación.

Se marcharon del ejido y solo se quedó Pirata, siempre echando bajo el gigante tronco que aquel árbol que era testigo de los juegos entre él y su tierna acompañante. Pero se metía el sol, Pirata ladraba, saltaba y movía la cola, como si alguien jugara con él. ¡Pirata era feliz durante la noche!

Pasaron los años, Pirata envejeció y falleció debajo de ese árbol. En ese lugar ya todo fue derrumbado para dar paso a nuevas construcciones. La mancha urbana llegó hasta allá, pero dicen los vecinos que, cada noche, se escuchan las risas de la niña y los ladridos de su amigo Pirata.

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